Toda la actividad humana está motivada por el deseo o el impulso. Bertrand Russell.
El pecado no es perjudicial porque está prohibido, pero está prohibido porque es dañino. Benjamín Franklin.
El deseo es silencioso. Atrevido. Pero cuando es oscuro, lo reprimimos. No desaparece: vive agazapado. Rencoroso. Como esperando vengarse. Dispara una bala de hielo que se llama culpa: no mata, te atormenta toda la vida. A Isabel la culpa la atormentó siempre.
Ese día pude ver todo. El “click” fue un responsable secundario. El deseo inyectó una dosis de culpa, que resultó fatal. Lo recuerdo perfectamente: era martes, Isabel le gritaba a Mateo, su hijo de un año. Lo trataba con cierta distancia, como si su alma se encargara de recordarle que era el fruto de una relación prohibida: indecible. Un deseo oculto, reprimido, que buscó salir y vengarse. Tomó distintas formas para que no fuera identificado y poder sobrevivir. A veces como culpa; otras bajo el amparo de la alegría o la tristeza; otras se desataban con el alcohol.
En el caso de Isabel, el deseo liberó la culpa sobre su alma y provocó aquel desenlace. Todas las tardes, y ese martes no fue la excepción, Isabel tomaba sol en el balcón y Mateo gateaba en el comedor. Entraba y salía con cierto aire de fastidio, como enojada: daba la impresión de que su hijo la molestaba, entorpeciendo el paso. Al sentarse en la reposera, se dio cuenta de que había dejado el protector solar en la cocina. Se levantó furiosa
y con paso nervioso fue a buscarlo. Al regresar cerró la ventana y escuchó “click”. La puerta se cerró y solo se abría por dentro. Al escuchar el sonido, su cuerpo se estremeció: la invadió una sensación que la atrapó y nubló su razón: ganó espacio la desesperación y quedó bajo su influencia. Inmediatamente sintió que la situación era dramática. Desde el embarazo pensaba que debía proteger los enchufes, poner una puerta en la escalera, resguardar ciertos bordes donde Mateo se podía golpear. Sin embargo, ni ella ni Juan –su marido-, hicieron nada. La casa era una trampa para un niño solo. Desde el balcón veía todo lo que no había hecho. La desidia acechaba a su hijo. Ni bien escuchó ese maldito sonido, “click”, buscó su celular. No lo encontró. Estaba en el comedor sobre la mesa. Su casa también colaboraba con la venganza: le daba la espalda y acorralaba al niño. Siempre pensó en enrejar el balcón, pero
nunca lo hizo. El balcón vecino estaba muy cercano y eso le provocaba miedo. Había entre ellos no más de dos metros. Pensó: “Quizás, si grito, la turra de la vecina me escuche”. Gritó con desesperación. Nadie la escuchó. Tomó la mesa y golpeó con fuerza su ventana, como queriendo romperla. Pero al ver que podía lastimar a Mateo, desistió. Ella no me veía.
Siempre fui invisible ante sus ojos. Es una de las trampas de la belleza: como en el mito de Narciso, la arrogancia le hacía ignorar a los demás y quedaba atrapado en sí mismo. Le gritaba y agitaba los brazos sin que me pudiera ver. Cuando vi que arrimaba la mesa plástica a la baranda, me di cuenta de sus intenciones: saltar al balcón vecino. Una locura. Su temor era desmedido. Ella sentía culpa por odiar a ese niño, que fue el fruto de su único amor. Indecible, reprimido, olvidado. Ese pecado siempre la acompañó. Un deseo que la amenazaba de manera constante. Siempre tuvo miedo: del pasado que no la dejaba ser feliz y del futuro que inquietaba su espíritu joven, confundido entre dos fuerzas de atracción. Posiblemente esa era la razón de su tristeza y furia. Siempre creyó que debía ser castigada. Decidí bajar y cruzar para avisarle al portero de su edificio. Al cruzar Avenida Congreso, choqué con su imagen: sus ojos inmóviles se clavaron en los míos. Era la primera vez que se encontraban. Estaba tendida en la vereda: inmóvil. Ella siempre se sintió una extraña en su casa y esa casa se puso en su contra: se quedó con su vida. Hay quienes creen que ese “click” fue el responsable. Sin embargo, el verdadero responsable fue ese deseo indecible que se había apoderado de su corazón cuando tenía quince años. Fue él, reprimido, quien se vengó y desató la culpa que siempre vivió en su alma y ese fatídico día nubló su razón. Quizás la mayor paradoja del deseo no está en buscar siempre otra cosa: está en buscar la misma después de haberla encontrado.
Guillermo Carreira González
18/07/18

