Cultivar lo inútil nos ayuda a dar un sentido profundo y noble a la vida.
Nuccio Ordine
El amor no hace sufrir. Lo que hace sufrir es el instinto de la propiedad, que es lo contrario del amor.
Antoine de Saint-Exupery
Una duda es una vacilación entre dos opciones contradictorias. En este caso, los investigadores oscilaban entre el accidente y el homicidio.
Una hipótesis daba vueltas con fuerza: una discusión en el baño reclamó la intervención de la muerte. Eduardo que, investigaba la muerte de Marcelo, se había obsesionado con el caso. Quizás su obsesión tenía que ver con su vida, que transcurrió entre oscilaciones: de la trasgresión al conservadurismo, del sedentarismo al vagabundeo, de la duda a la certidumbre: nunca pudo optar de manera radical, quizás creyó que entre los opuestos encontraba destellos de verdad. Pero la verdad no podía ser liberada de su contexto. Creía que la verdad podía estar condicionada por muchos motivos: siempre la buscaba fuera de sí misma. En la absurdidad, el capricho y el desorden hay mucha verdad. Cuando el odio por algún motivo llega a nuestras vidas comienza un terremoto que nos devasta, que despierta la furia de la destrucción y no deja nada en pié. La vida de Marcelo estaba rodeada de destrucción y en ella podía estar oculta la verdad. Dos días antes de su muerte su novia lo había denunciado: en una discusión la golpeó hasta que se desmayó. En el cadáver de Marcelo encontraron restos de piel de Silvia, que demostraba una pelea corporal entre ellos.
El amor se había ido hace mucho de sus vidas: nunca hace sufrir: cuando se sufre quiere decir que no hay amor, hay deseo de poseer, un afán de dominio más vinculado al egoísmo y a la avaricia que al amor.
La gratuidad de darse se opone al deseo de poseer: son dos extremos que se contaminan y enamoran a la desgracia.
Lo encontraron así: boca arriba, muerto, en un charco de sangre. Su muerte era extraña parecía un accidente en el baño, como muchos otros. Sin embargo, en este caso el inodoro había sido arrancado con violencia, el cadáver tenía un golpe en la nuca y varias marcas en la cara. Intervenía la comisaría n° 17. El caso fue caratulado como muerte dudosa, el Fiscal
ordenó intervengar.
─ Qué relación tenía con Marcelo Mastronardi?
─ Era su novia.
─ Cómo era su relación?
─ Mala, como la relación de cualquier pareja que tiene diez años de idas y vueltas. Ella estaba convencida que el amor era eso que tenía con Marcelo:
algo ligado al vacío, la oscuridad y la violencia. Ella amaba sofocar, asfixiar y que la sofoquen, la asfixien. Trataba de sutilizar la locura buscando lo que hay más allá de ella: un vacío que nada tenía que ver con la paz o la luz y mucho con el abismo y la oscuridad.
─ Usted hizo una denuncia contra su novio por violencia?
─ Sí. Pero no lo maté. No sería capaz. No soy una asesina. El con ese instinto intacto de detective le creía: su voz era firme y sostenía la mirada con ojos redondos y oscuros: profundos.
─ Hay restos epiteliales en las uñas de Marcelo y pertenecen a Usted. Puede explicar esto?
─ Nuestro amor era poco común, el creía que había llegado a su fin yo jamás iba a renunciar: nos amábamos y él no tenía otra: nuestro amor es eterno. Discutimos me arañó y le pegué. Ella tenía una visión del amor que no contemplaba el fin, aunque se convirtiera en dolor. A veces reconocer el fin del amor no significa renunciar al amor. Solo importa reconocer que se llegó a buen puerto y ahora es necesario abordar otro barco. No siempre una nave amarrada en el puerto con las velas recogidas importa una renuncia a afrontar mar abierto. A veces se está preparando para un nuevo viaje. Esta posibilidad no la tenía contemplada.
─ Bueno Señorita, gracias por su declaración. Es probable que la volvamos a llamar después de tener todos los resultados de las pericias. Muchas gracias por su tiempo.
Eduardo quedó desconcertado. Marcelo era un misterio y su muerte no podía ser de otra forma. Había algo claro en el caso: Marcelo fue un cobarde que nunca tuvo el coraje de arriesgarse de cortar una relación enferma. Murió de inmovilidad. Todos sabemos que, a la muerte, no la podemos vencer: ella finalmente gana, pero si le clavamos la bandera de la vida cabecea en el vacío. Hay que cambiar para prolongar la vida, pero el cambio no estaba presente en ellos y fue ésta la responsable de su muerte. Así como las nuevas generaciones rechazan a la anterior, no porque la repudie, sino porque la encuentra poco interesante, por la simple razón que la vida está del lado del recambio.
Es así como a veces las evidencias anteriores son vencidas simplemente porque ya no sirven.
Eduardo no encontraba suficientes elementos para inculpar a Silvia. Una relación de mierda no alcanzaba para considerarla culpable. No había pruebas suficientes: solo dudas. Lo inundaba la desesperación que lo atrapaba por pensar o por obstinado. Buscar el saber o la verdad desespera y nos vuelve obstinados. Hay quienes dicen que pensar es darles a los demás una razón excesiva, vivir en guardia: puede convertirse en la cárcel de la razón. A veces pensar es una jaula, aunque salga de ella una perla. Cuando el pensar se vuelve una obsesión, hay que volver a la vida para dejarla en libertad.
Eduardo pensaba en exceso, buscaba la perfección, pero con obsesión. Quizás el caso no pueda ser solucionado o tal vez la solución se encuentre en el ridículo. Podía ser la novia responsable de la muerte o tal vez el inodoro que le aplastó el pecho. Es por eso que la luz a veces se encuentra en la periferia de la verdad: fuera de ella cerca de la oscuridad: del ridículo.
Guillermo Carreira González
8/9/2018

